jueves, 13 de octubre de 2011

Y SI LOS HOMBRES.... (Florence Thomas. EL TIEMPO, 16 de agosto de 2011)


Y si los hombres tuvieran manos solo para acariciar y comprender la profundidad de nuestra piel, para buscar nuestras manos cuando necesitamos tranquilizarnos o para hacernos un masaje en la espalada en los días de cansancio. Y si los hombres pudieran aprender la humildad, la atenta escucha de una voz femenina, el silencio, la certeza de que no pueden saber todo; convencerse de que hay una mitad del cielo que no les pertenece, de que el planeta y la tierra son femeninos y masculinos al mimo tiempo.
    Y si los hombres, al resolver su amor obsesivo a la madre, pudieran aprender de una vez por todas a ser adultos. Y si los hombres lograran aprender a ser padres dejando un poco de ser hombres con H mayúscula y confesar que están cansados de ser ese sujeto universal que carga el peso del mundo entero sobre sus hombros. Y si los hombres pudieran ser solo compañeros y amantes de las mujeres y compartir este mundo con ellas, tal vez entonces entenderían lo que no logran comprender.
    Y si pudieran aceptar que hay historias que nunca vivirán, que hay misterios que nunca entenderán, que hay secretos que nunca conocerán porque hay saberes que no les pertenecen. Y si los hombres pudieran aprender a controlar la rabia que nace bajo los efectos del alcohol que los vuelve idiotas cuando no violentos. Y si pudieran aprender a amar menos el poder y más la vida; y si los hombres inteligentes pudieran explicar a sus congéneres que lo que sus padres vivieron como ansiosa pérdida de poder, ellos lo viven como ampliación de su humanidad.
    Y si las mujeres tuviésemos valor para tomar la palabra, para hablar, para denunciar y, excepcionalmente, para callar; y si las mujeres pudiéramos aprender de ellos la solidaridad y la complicidad para romper milenarios silencios ante lo inaceptable, lo insoportable ante el embate de unos puños cerrados, ante el golpe que va directo al alma e invalida nuestro derecho a una vida libre de violencias, de cualquier violencia, humillaciones y prohibiciones. Y si las mujeres aprendiéramos a decir "no más" cada vez que nos encontramos con la exclusión, con la discriminación, con la agresión, con el irrespeto y con la violación de nuestros derechos, con el abuso y la apropiación de nuestros cuerpos y de nuestras mentes. Y si las mujeres pudiéramos convencernos de que no saber decir "no" en el momento preciso casi nos mata. Y si las mujeres nos convenciéramos de que es posible construir otro mundo y juntarnos todas para que nuestras palabras de mediación, nuestros afanes de felicidad y nuestra sed de justicia no sigan como frágiles ecos que no logran cambiar el curso de los acontecimientos. Y si las mujeres violentadas aceptáramos que a veces es imperativo alejarse de un hombre para empezar a existir, entonces tal vez ellos se preguntarían si vale la pena violentarnos y golpearnos. Y si las mujeres pudiéramos comprender que si no se cuestiona la insoportable hombría de los varones, está se llevará a toda la humanidad a la tumba. Y si las mujeres lográramos encontrar en los hombres no solo inseguridad y duelos, sino compañía y consuelo, entonces la vida tendría sentido.
    Y si hombres y mujeres pudiéramos encontrarnos y amarnos sin negarnos, sin trampas, sin juramentos de eternidad, sin reprimir deseos, sin engaños mezquinos, sin celos enfermizos, sin tantos silencios, amarguras, decepciones; si pudiéramos amarnos sin puños y sin palabras que hieren y dejan profundas heridas, solo amarnos y saber decirnos adiós serenamente, en el justo momento en que el amor se aleja, entonces los Bolillos no existirían.

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